Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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Dana estaba de un humor terrible y se estaba haciendo más horrible a cada minuto. Mientras conducía hacia el interior de Silver Hills, un pueblo que creía haber dejado atrás hacia casi una hora, dio la vuelta en Old Cornell Road y pasó XScream, sacó el dedo medio sólo por el simple hecho de hacerlo.

No se había molestado en decirle a Karl que no iba a volver “jamás” y no sentía una pizca de culpa por esa decisión. En lo que a ella se refería, él podía entrar al cuarto trasero y follarse a sí mismo por todas las cosas desagradables que le había dicho y tratado de hacer con ella.

¿Y de todos modos quién diablos era Nick para ordenarle ir a la colonia de todos modos? Podría ser un buen polvo de vez en cuando, pero eso no le daba derecho a decirle lo que tenía que hacer.

La presión arterial se disparó de nivel al acercarse al lago y pensar en los hombres imbéciles de su vida. ¿Había pensado seriamente que Nick seria material eterno? hombre, realmente era una ilusa. Tenía que salir de esta ciudad y lejos de la miso antes de que hiciera algo estúpido, como asesinar a Karl, y marginar de la colonia a los humanos de una vez por todas.

Como si eso pudiera mejorar las cosas para ella.

Dana se sopló el flequillo de los ojos mientras tomaba el camino de entrada. Sabía que Casey aun no habría salido de la tienda para volver a casa y pensó que era una buena cosa, no estaba de humor para charlar, y odiaba las despedidas largas, la de la tienda había sido suficientemente mala. Sólo había vuelto aquí porque se dio cuenta demasiado tarde de que se había dejado el teléfono móvil en casa de Casey la otra noche, y necesitaba recuperarlo si iba a mantener el control sobre la colonia. Aún no era lo suficientemente estúpida como para cortar todos los vínculos. El GPS que Nick había puesto dentro de los teléfonos de todos, era su único enlace de vuelta si las cosas se pusieron calientes para ella en el mundo real.

Cuando apagó el motor, miro fijamente la parte delantera de la linda casa de una planta de Casey, no podía dejar de pensar de nuevo en la forma que Casey la había mirado hoy, de pie detrás del mostrador de su tienda, rodeada de todos esos libros.

Y tampoco podía dejar de pensar en la forma en que había olido. El olor de la muerte iba creciendo a su alrededor. Cuando Dana lo percibió la primera vez en el club, esperaba estar equivocada, pero cada vez que había visto a Casey desde aquella noche de hacia un par de semanas, el miserable olor era cada vez más fuerte.

Una ola de desesperación se apoderó de ella, y por una vez deseó ser una argolean completa y no propensa a estúpidas emociones humanas. Los misos se suponían que eran más fuertes que el humano promedio, pero en el caso de Casey, eso no era cierto. Y, maldita sea, no era justo. Sobre todo porque Casey era una de las personas más dulces —misos o humanos— que Dana había conocido. Lo único bueno era que Casey no sabía lo que era en realidad.

Hombre, Dana, tus poderes verdaderamente son una mierda. De todos los dones que un misos podría tener, la habían enganchado con el peor de todos. Ella podía sentir la enfermedad, pero no podía hacer nada al respecto. No era una curandera. No era nada importante. Era simplemente… un sensor. El preludio de la maldita Parca.

Con el ceño fruncido, apartó el inútil pensamiento de la cabeza mientras abría la puerta y salía fácilmente del Saturn rojo. Tenía noventa y ocho años y un par de cientos de años por delante antes de que llegara a las Islas de los Bienaventurados. Si alcanzara ese plano esquivo donde moraban los héroes favorecidos. Conociendo su estúpida suerte, terminaría pegada al Tártaro por toda la mierda que había hecho mal en este mundo.

Y puesto que era el rey de todos los pensamientos deprimentes, ella tampoco iría por ahí.

Subió los tres peldaños del porche y hurgó en la maceta de crisantemos amarillos que Casey había plantado hasta que encontró la llave oculta. Sacudiendo la cabeza, se dijo que debía convencer a Casey de encontrar un escondite mejor. Cualquier matón de tres al cuarto encontraría esto en un latido del corazón. El pesimismo volvió con toda su fuerza cuando se dio cuenta de que ninguna de ellas estaría alrededor para esa conversación.

No insistiré en ello. No era su problema de todos modos.

La casa estaba fría y vacía cuando entró. Encendió una luz en la sala y miró la mesa de café donde estaba casi segura de que había dejado el teléfono la noche que ella y Casey habían visto National Treasure y terminado una botella de vino.

El teléfono no estaba.

Decidiendo que a lo mejor Casey lo había trasladado a la cocina, se dirigió a la parte de atrás de la casa, girando el anillo de las llaves alrededor de los dedos mientras se movía tarareando al compás de "In the End" de Linkin Park.

Estaba tan preocupada, que no advirtió el cambio en la temperatura hasta que fue demasiado tarde. Hasta que ya estaba entrando en la habitación y su aliento ondulaba en volutas de color blanco a su alrededor en el aire repentinamente gélido.

El primer demonio salió de la lavandería, con ojos verdes brillantes, y la observó de pies a cabeza.

—No eres la Primera Elegida —gruñó.

Oh, mierda.

El pánico atenazo la garganta de Dana. No estaba pensando, solamente dejó que el instinto la guiara cuando se volvió a correr. Y llegó hasta el sofá del salón antes de que el segundó demonio saliera del dormitorio de Casey, bloqueándole el camino hacia la puerta principal. Éste tomó una bocanada larga pronunciando una sola palabra.

Misos.

Oh mierda, oh mierda, oh mierda.

La adrenalina de Dana aguijoneó. El demonio de la cocina le había seguido cortando con eficacia la única otra vía de escape.

—¿Dónde está la Primera Elegida? —gruñó el segundo.

Dana se sostuvo contra el mueble de la televisión. Abrió la boca, pero el miedo la dejó sin habla. Comenzó a temblar.

—No lo sabe —dijo el primero.

—Lo sabe —gruñó el segundo, acercándose—. ¿A dónde se fue?

El temblor de Dana se intensificó.

—En la colonia —dijo el primero, adelantándose fácilmente—. Si quieres vivir, dinos cómo encontrarla.

—Yo. —Dana ahogó un sollozo—. Por favor —susurró—. No puedo.

Una mirada pasó entre los dos justo antes de que se abalanzaran.

Dana nunca tuvo oportunidad de gritar.

Theron no estaba de ánimo para ir de ronda con este mestizo. De repente quería respuestas que no tenían nada que ver con Nick o la colonia.

—Te hice una pregunta, héroe —le espetó Nick—. ¿Cuál es tu interés en Casey?

Theron apretó la mandíbula, la impaciencia burbujeando a través de él. Necesitaba encontrar a Acacia y averiguar que en Hades era ella, pero la agresividad reflejada en el rostro de Nick le contuvo. El mestizo estaba ansioso por una pelea, y por su mirada, no iba a permitir que Theron saliera de su vista hasta que obtuviera la respuesta.

Theron decidió que ser honesto, hasta un punto, era la mejor manera de manejar a Nick, así el podría salir de aquí y encontrar a Acacia.

—La salud del rey está fallando. Quiere encontrar a su hija antes de que su tiempo haya terminado. Debo llevarla a Argolea ilesa.

Los ojos ambarinos de Nick se ampliaron desconfiados.

—¿Así de fácil?

—Así de fácil.

—Y una mierda —Aquellos ojos ambarinos brillaron—. O me dices la verdad o haré que mis soldados te desprendan la piel del cuello y golpeen tu médula en el proceso.

Theron flexionó los músculos.

—Inténtalo.

El labio superior de Nick se alzó exponiendo los dientes.

—Argonauta o no, no me asustas. Hemos existido durante cientos de años sin vuestra ayuda. Dudo que haya algo bueno en lo que el viejo rey Leónidas quiera que Casey le proporcione. Y no me trago ni por un segundo tu sarta de sandeces.

Theron no respondió.

Nick cruzó la habitación en dos zancadas y se pegó a la cara de Theron. Eran aproximadamente de la misma altura, cerca del mismo tamaño, y cuando el hombre se acercó, una vez más Theron tuvo ese extraño reconocimiento que había tenido antes en la tienda de Acacia.

—Estás peligrosamente cerca de la muerte, mestizo —Advirtió Theron en voz baja—. Me gustaría que reflexionaras sobre lo que estás a punto de hacer.

—No sé qué demonios está pasando aquí, o lo que realmente quieres de Casey —dijo Nick, con el rostro a centímetros del de Theron—, pero tengo la intención de averiguarlo. Y eso significa que ella no va a salir de aquí contigo ni con nadie hasta que esté satisfecho con la respuesta.

—¡Nick!

La puerta del estudio se abrió de un estallido y dos mujeres entraron en la sala, salvando a Nick del desmembramiento.

Theron reconoció a la primera de antes, Helene, la persona que se había llevado a Acacia de su habitación. La otra era de estatura media, pero alrededor de la mitad de grosor, con el pelo oscuro retirado en una trenza en la parte posterior de la cabeza. Ambas parecían alteradas, pero la morena estaba frenética.

La mirada de Nick se precipitó sobre ellas.

—¿Qué ha pasado?

—Es Dana —dijo Helene—. Nadie ha oído hablar de ella o la ha visto desde ayer.

La atención de Nick se trasladó a la mujer de cabello oscuro.

—Leila, ¿cuándo hablaste con tu hermana por última vez?

—Ayer por la mañana —Se pasó una mano nerviosa por el cabello, sin percatarse de que deshacía la trenza—. Ella llamó desde la ciudad. Pensé que se había quedado en su ruinoso apartamento, pero ahora no estoy tan segura. Algo estaba mal. No sonaba como ella, estaba hablando sobre empezar de nuevo y hacer cambios. Dijo que le llamara al móvil si la necesitaba. Llevo intentándolo toda la tarde y no puedo conseguirlo. Nick, se que algo le pasó. Lo siento.

Nick se puso detrás de su escritorio y de un tirón abrió un ordenador portátil del que Theron no se había percatado antes. Debajo de toda esta roca, tenía que estar conectado a un satélite en algún lugar de la superficie. Los dedos de Nick pasaron por encima de las teclas y sus ojos recorrieron la pantalla mientras buscaba. Frunció el ceño.

—Su teléfono está en casa de Casey.

—¿La casa de quién? —preguntó Leila.

—La mujer que entró con Nick hoy —ofreció Helene.

Los ojos frenéticos de Leila se movieron entre Nick y Theron, como si acabara de darse cuenta de que Theron estaba allí.

—¿Qué está haciendo Dana allí? Ella sabe que tiene que volver.

Nick cerró el ordenador portátil con un chasquido y cogió la chaqueta de la silla del escritorio.

—Yo no he dicho que ella estuviera allí. He dicho que su teléfono estaba allí. Voy allí para echar un vistazo.

Por primera vez, Theron notó el temor oscureciendo las facciones de Nick. Quienquiera que fuera esta mujer Dana, estaba allí fuera sola, y si hubiera ido a casa de Acacia, había buenas probabilidades de que ella pudiera haberse topado con los demonios.

Agarró el brazo de Nick cuando el mestizo le rozó.

—Iré contigo.

—No lo creo.

El agarre se apretó.

—No seas idiota. Necesitas mi ayuda.

—Mierda, lo dudo.

Cuando el agarre de Theron no disminuyó, Nick volvió sus ojos ardientes hacia los de Theron, y en ellos Theron vio asco y un odio inculcado durante cientos de años.

—Conozco a los de tu tipo, Argonauta. Y he visto tu ayuda —Señaló hacia la puerta—. Cada misos de esta colonia ha visto la forma en que tu familia nos ha ayudado. Tienen las cicatrices para probarlo.

Los rostros mutilados que Theron había visto fuera en la colonia brillaron en su mente. Seguido por la admisión del rey de que la existencia de los mestizos “se había mantenido en secreto porque no había suficientes de ellos para ser relevante”.

Miró a Nick a los ojos.

—Yo no sabía nada de esta colonia o de alguna como esta hasta qué vine aquí para encontrarme con Acacia. Cuando regrese a Argolea, los argonautas investigaran este asunto a fondo.

—¿Cómo sé que no enviaras a tus congéneres a matarlos a todos?

Entonces se le ocurrió a Theron que el odio de Nick hacia los Argonautas y Argolea en su conjunto era mucho más profundo de lo que era evidente en la superficie. De alguna manera, este miso estaba conectado al mundo de Theron de una forma que nadie en esta colonia podría comenzar a entender. Y Theron se proponía averiguar cuál era esa conexión.

Pero ahora no.

—Te doy mi palabra como líder de los argonautas que ningún daño vendrá a ti y a tu pueblo por nuestras manos.

Nick escrutó el rostro de Theron en busca de alguna señal de que estaba mintiendo. Las mujeres en la sala guardaron silencio mientras los segundos transcurrían en un reloj desde algún lugar de la pared. Theron soltó el brazo de Nick, pero no aparto los ojos. Y tampoco lo hizo Nick.

—Tú te quedas aquí, héroe —dijo finalmente Nick—. Pero sólo porque no quiero tener que vigilar mi espalda contigo alrededor. —Se puso la chaqueta—. Casey tiene que ir de buen grado a través del portal, y teniendo en cuenta todo lo que le pasó hoy por ti, creo que es seguro decir que en este momento no irá a ninguna parte contigo. Mantente firme en tu puesto hasta que yo vuelva. —Sus ojos ardieron nuevamente mientras pasaba al lado de las mujeres—. Y es mejor que creas que entonces acabaremos con esta mierda.

Miró hacia Leila.

—Llamaré cuando la encuentre.

Cuando se hubo marchado, la mujer llamada Leila finalmente volvió su atención hacia Theron.

—¿De verdad...? —Su mirada recorrió a Helene —. ¿Es realmente… un Argonauta?

Helene asintió lentamente.

—Eso parece, ¿verdad?

Leila parecía estúpidamente aturdida. Ambas siguieron mirándole como si tuviera pegado un tercer ojo justo en medio de la frente. Tampoco parecían saber qué decir.

Y a continuación, Leila avanzó hacia él, le escupió en la cara y salió corriendo de la habitación.

Theron se pasó la mano lentamente por la mejilla y miró hacia la mujer que tenía el estúpido sentido de permanecer en la sala con él.

—¿Dónde está Acacia? —le preguntó con toda la calma que pudo.

Helene le miró fijamente. Y vio entonces que no era estupidez sino fuerza nacida de las circunstancias.

—Arriba. Durmiendo.

Se dirigió hacia la puerta y se detuvo sólo cuando se dio cuenta de que ella no tenía intención de detenerle.

—¿Por qué no tienes miedo de mí?

—He visto demasiado como para tener miedo de alguien como tú.

—Siento tu odio por mí y por los míos. Podrías haberme alejado de ella.

—¿Podría algo alejarte de ella?

Ella lo sabe. Se volvió y la miró fijamente. Luego, lentamente, negó con la cabeza.

—Entonces mi ayuda es irrelevante —dijo Helene—. Pero serías sabio si recordaras una cosa, argonauta. Incluso los héroes originales fueron en parte humanos como nosotros. Misos desde el principio. Ella no es tan diferente de ti. Y nosotros tampoco.

La mujer pasó junto a él, dejándole de pie solo ante la puerta para que meditara sus palabras, una extraña sensación de incomodidad y de aprensión mezclándose en sus venas.

Mitad humana. Al igual que yo.

Miró hacia las escaleras. Su lado humano había sido reprimido durante más de doscientos años. ¿Podría eso ser lo que estaba golpeándole dentro? Y si lo era, ¿significaba eso que Acacia era la causa?

Mientras subía las escaleras de dos en dos, se frotó la palma de la mano contra el esternón. Y sintió esa chispa de nuevo. Después de sólo unos minutos de búsqueda, Theron encontró a Acacia en un cuarto cerca del final del pasillo.

Helene tenía razón. La habría encontrado sin su ayuda. Podría haberla localizado, simplemente respirando profundamente y enfocándose.

Tan pronto como entró en la habitación y olió el aroma familiar de lavanda y vainilla, la sangre se le calentó, y el sueño que se había convertido en una realidad sin terminar en su pequeña casa junto al lago llameó brillante.

El cálido resplandor de los rescoldos de la chimenea cayó sobre su cuerpo. Yacía sobre un costado, acurrucada en la almohada, la gruesa manta retorcida en sus largas piernas. La camisa se le había subido, y un mínimo atisbo de carne era visible entre la cintura baja de los vaqueros y el borde de la camiseta de algodón azul. Paseó la mirada por encima de su piel desnuda, más abajo de su cadera y otra vez a la lomita dulce y suave de su culo. Gracias a su bochornosa noche juntos, él sabía exactamente como lucia su culo… desnudo, hermoso y marcado. La sangre le pulsaba bajo y caliente en respuesta.

Ella es la Única.

Frunció el ceño al oír la extraña voz en la cabeza. Sí, bueno, ya lo sabía, ¿no?

Obligándose a apartar la vista de su hermoso trasero, recorrió lentamente con la mirada su cuerpo, a través de su abdomen, sobre la curva de sus pechos, a su cara, tratando de aplacar la excitación que le convertía en un lanzador de cohetes. El agotamiento marcaba líneas en su piel perfecta, y manchas azules se habían formado debajo de sus pestañas, pero para él era tan impresionante como lo había sido la noche en que le rescató de los demonios fuera del club.

Igual de hermosa, pero más delgada.

Por primera vez, se dio cuenta de que Nick había estado en lo cierto. Se veía agotada. Su piel había perdido el color rosado y ella había perdido varios kilos en sólo los últimos días.

Ella es Única.

La voz se hizo más fuerte mientras estaba allí parado mirándola. ¿Podrían realmente ser tan crueles los destinos como para darle una mestiza destinada a salvar a su raza como su alma gemela?

El corazón le aporreaba el pecho mientras se volvía hacia el baño y tomaba una ducha de agua fría que no hizo nada para enfriarle. Por supuesto que los destinos le maldecirían. Porque él era de la línea de Heracles. El héroe que aun, hoy en día, era venerado por unos y odiado por la mayoría de los otros. Las indiscreciones de Heracles fueron tan numerosas como sus logros, y cada argonauta de su linaje había recibido un golpe debido a su egoísmo. ¿Por qué Theron pensaba que había de ser diferente?

Por supuesto, todavía era posible que se sintiera atraído hacia Acacia debido a la forma en que se habían conocido, porque sabía quién era ella, y el hecho de que estaba prohibida y la invitación de la tentación era algo que nunca había probado. Sin embargo, si ella era su Única, había una forma segura de averiguarlo.

Creció duro y caliente solo con el pensamiento. A medida que se secaba fuera, debatía sus opciones. Que fuera tan complicado no era lo ideal, pero él tenía que saber, ¿no? Una vez que sacara ese absurdo pensamiento de su mente, podía volver a centrarse en la verdadera razón por la que estaba aquí.

Tomada la decisión, se puso los pantalones y en silencio volvió a entrar en el dormitorio. Acacia aún estaba ausente, había cambiado de postura muy levemente desde que había pisado la habitación por primera vez. Cansado hasta los huesos, se deslizó en la cama grande a su lado y tiro suavemente de las sábanas alrededor de la cintura. Al girarse hacia su lado, le tocó un mechón de pelo que caía sobre su hombro y se lo llevó a la nariz.

Olía a pomelo y recordó el champú en la ducha. Su cabello era suave y sedoso entre los dedos. Como la seda entre sus muslos. El rugido volvió a la cabeza. La erección respondió a la visualización en la mente, siseó en un largo suspiro tratando de aplacar la renovada excitación que le recorría las terminaciones nerviosas.

Incluso si ella es tu Única, está enferma. Y es la hija del rey. Eso no es relevante.

Sí. Lo era. El hecho era que el honor y el deber lo eran todo para él, costase lo que costase.

A pesar de que casi le mata, se obligó a soltar el pelo, y en el proceso le rozó el hombro con el más suave contacto. En el sueño, ella gemía y avanzaba poco a poco hacía él, como si buscara más contacto. Y antes de darse cuenta, el hermoso trasero entró en pleno contacto con sus caderas, y la erección que había estado tratando muy duramente de mantener a raya creció como una roca dura.

La sangre salió de su cabeza con un rugido y se fue gritando con rumbo al sur.

Tómala. Ahora. Descúbrelo, aquí mismo.

La polla se encajó entre los pliegues detrás de ella como si tuviera una mente propia, tomando impulso golpeó y le pidió la liberación. Un gemido se le escapó entre los labios, un acto sin sentido de aprobación. La lujuria por ella creció a niveles explosivos. Deslizó uno de los brazos alrededor de su vientre y atrajo su espalda hacia el pecho desnudo. Era todo lo que podía hacer para no arrancarle los pantalones vaqueros, darle la vuelta sobre su vientre, levantar sus caderas y hundirse dura y profunda para descubrir exactamente qué era eso de ella que le ponía en tal frenesí.

Y oh, estaba listo. Lo quería. Lo necesitaba. Pero justo cuando se disponía a girarla, su olor pasó a la deriva por su nariz, esa combinación dulce y familiar hizo un recorrido por todos los nervios del cuerpo hasta el alma.

Cuando, curiosamente, le tranquilizó. La manera en que fue en su casita. ¡Basta ya! El sentido común le llego al cerebro de golpe. La polla aún se sacudía con un furioso deseo de explotar dentro de ella, pero descubrió que podía controlar el impulso. El hecho era que podía estar aquí junto a ella y disfrutar de la calidez de su cuerpo contra el suyo sin la imperiosa necesidad de dominar y tomar lo que quería por la fuerza.

Quería que viniese a él como lo había hecho en su casa.

El ritmo cardíaco se hizo más lento. Cerró los ojos y tomó largas respiraciones profundas, más cansado de lo que recordaba estar en... siglos. Y fue entonces cuando oyó la voz. Una vez más.

Ella es la Única.

CAPÍTULO 15
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