Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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Casey sabía que no estaba sola, aún antes de abrir los ojos. La respiración rítmica a su espalda era una prueba. Como fue eso duro y despierto acurrucado contra su trasero.

Cualquier mujer hubiera tenido un ataque de pánico, especialmente considerando las circunstancias. Pero ella no era normal, ya no, e incluso antes de que mirara, supo que era Theron quien estaba contra su espalda. La oscura y especiada esencia inundó sus sentidos. En la quietud, el sólido peso del brazo de él, a lo largo de su cadera se volvió tan real como el pulso golpeando en el cerebro.

Cuidadosamente, para no despertarlo, rodó sobre la espalda. El movimiento hizo que el brazo se deslizara por su estómago, enviando chispas por las terminaciones nerviosas. Se sentó lentamente y alzó la mano para liberarse de su agarre, sólo para vacilar cuando sus dedos se tocaron.

Una sacudida de electricidad destelló por ella. La habitación giró. Y repentinamente ya no estaba en su habitación, sino en un oscuro y helado bosque, rodeada de innegables visiones y olores de muerte.

Ella jadeó. Giró en un lento círculo. Preguntándose cómo había llegado aquí y dónde había ido Theron. Cañones explotaron detrás de ella, los altos sonidos la sobresaltaron y corrió. Hojas secas crujían debajo de sus pies. Gritos, maldiciones y espeluznantes alaridos venían de lejos, en la distancia.

Querido Dios, estaba en el medio de una zona de guerra. Su adrenalina se disparó. Miró a derecha e izquierda, al tiempo que su corazón golpeaba para rivalizar con el rugido que hacía un 747 al despegar. ¿Dónde estaba Theron?

Los disparos hicieron eco. Seguidos por una voz que Casey reconoció inmediatamente, tronando desde los árboles, a no más de veinte yardas de distancia.

―¡Patéras1!

Sin cuestionar su sentido común, Casey se dirigió en esa dirección. Se detuvo un escaso momento al llegar a un pequeño claro y la esencia se proyectó delante de ella.

Dos daemons yacían lacerados e incapacitados en la dura tierra cerca de un pequeño y burbujeante arroyo. Sangre fresca emanaba de sus heridas para descender por sus grotescos rostros, manchando el suelo con la maldad de sus venas. Un hombre, el del sueño de Casey en la noche que conoció a Theron, yacía en el suelo apenas a unos pasos. Más sangre brotaba de una herida abierta en su pecho, sus ojos y boca abiertos como si estuviera en shock. Al otro lado del pequeño arroyo, un muchacho que no se veía mayor de catorce años, vistiendo un andrajoso abrigo gris, parado boquiabierto, con ojos abiertos de par en par como platillos. En sus brazos cargaba un rifle.

Theron apareció por los árboles, a la derecha de Casey y se arrojó al suelo junto al hombre mayor, sus propias facciones mostraban descreimiento.

―Patéras. No.

―Theron ―dijo el hombre, en un jadeo, alzando una temblorosa mano cubierta de sangre para aferrar la camiseta de Theron―. Tienes que eliminarlos.

―Lo haré… Patéras ―posó ambas manos sobre la herida en el pecho del otro hombre―. Tenemos que regresar. Ahora. Nosotros…

―Ochi ―dijo el hombre mayor, bruscamente con una débil voz.

Los músculos de Theron se congelaron como si no hubiera oído bien.

―Ochi ―volvió a decir el hombre mayor, pero esta vez de forma suave―. Mi tiempo como vino se fue. Debes ―se encogió de dolor―, eliminarlos.

Theron elevó sus apenados ojos hacia los daemons, quienes Casey se percató horrorizada, estaban comenzando a revivir, con miembros sangrantes y todo.

―Esto es para lo que naciste ―dijo el hombre mayor, atrapando de nuevo su atención―. Ocuparás mi lugar…

―No.

―Harás como el rey ordene. No cuestionarás su autoridad. Confía en él como confías en mí. Recuerda que estamos ―el hombre mayor tomó un tembloroso aliento―, del mismo lado.

―Patéras ―susurró Theron.

La mano del hombre mayor cayó contra el suelo. Sus ojos aletearon, y su voz descendió hasta un susurro.

To peproōmenon phugein adunaton, gios mou.

Luego su cabeza rodó hacia un lado, y en el silencio que siguió, Casey contempló una única lágrima deslizarse por la mejilla de Theron, descendió a lo largo de la barbilla y cayó sobre el rostro del hombre mayor.

Aunque los daemons estuvieran ahora gruñendo bajo en sus gargantas y gimiendo al tiempo que se enderezaban, los movimientos de Theron fueron lentos y metódicos. Él, cerró cuidadosamente los ojos del hombre mayor, luego alzó la mirada a lo largo del río hacia donde estaba el joven muchacho, aún quieto en el lugar con lo blanco de sus ojos mostrándose alrededor de sus oscuros irises, parado, inmovilizado, mirando fijamente la escena.

Y aunque Casey no podía ver el rostro de Theron, ella supo que había una mirada asesina en sus ojos. El muchacho lo supo también. Se mojó, arrojó el arma y corrió tan fuerte y tan rápido, como sus pequeñas piernas lo podían llevar.

Casey gritó una advertencia al tiempo que el primer daemon embestía. Pero no necesitaba haberse molestado. Theron estaba sobre la bestia en un instante, sacando una daga tan larga como el antebrazo de algún lugar profundo de su abrigo y decapitó al asombrado daemon con un certero tajo.

El otro daemon se alzó en su estatura de casi metro noventa y, aunque visiblemente herido, gruñó desde el fondo de su garganta.

―Pagarás por ello, argolean.

—no soy un argolean común —dijo Theron, en un gruñido—. Y estás a punto de conocer a Hades de cerca y de manera personal.

Casey jadeó ante la maligna intención que vio en el rostro de Theron, retrocedió dos pasos hasta que su espina golpeó el tronco de un árbol, luego cubrió sus ojos para bloquear la visión de la muerte en frente de ella. A éste, Theron no lo envió hacia hades rápidamente. No, asesinó a la bestia de miembro, en miembro, sacando cada pizca de odio y pena que tenía en él.

Cuando terminó, cuando estuvo exhausto y empapado con una combinación de su propio sudor y sangre del daemon que yacía mutilado en frente a él, se alzó y contempló lo que había hecho.

Horrorizada, Casey deslizó los dedos que cubrían sus ojos abiertos, para mirarlo, demasiado asustada para moverse o hablar por miedo a que él descargara su venganza en ella. Pero lo que vio la dejo estupefacta. Aunque ese fulgor asesino había desaparecido de los ojos, allí no había ni un indicio de remordimiento. Contempló como otra solitaria lágrima descendía por la mejilla. Inconsciente de ello, decapitó al daemon como había hecho con el otro.

Y luego, como si finalmente se hubiera percatado de que algo estuviera sobre su rostro, alzó una sucia mano hacia la mejilla, limpió la lágrima y observó el líquido sobre el dedo con una expresión perpleja, como si nunca hubiera llorado antes.

Y Casey supo, en ese momento, que nunca lo había hecho.

La piel estaba helada por completo al parpadear y volver en sí. No estaba en un oscuro bosque inmerso en una guerra, sino en la misma cama en la que se había quedado dormida horas atrás.

Contempló a Theron, aún dormido detrás, la mano de él asida fuertemente en las de ella. Y supo, sin ni siquiera preguntarlo, que lo que acababa de ver, había sido real. Igual que la visión que había tenido acerca de la pequeña chica en medio de la aldea, cuando llegó.

Estáaaaaa bieeeeennnn. Ese pequeño fragmento de noticias, por encima de todo lo demás, seriamente la había asustado. Con su corazón latiendo acelerado, se deslizó suavemente de los brazos de él y descendió de la cama. Aunque estaba aún oscuro, tenía una incontrolable urgencia de ver el sol, de sentir su calor, de dejar el frío bien lejos, detrás de ella.

Cruzó la habitación hacia la pequeña ventana y abrió las cortinas. La luna se había puesto y los primeros rayos del amanecer estaban ya apareciendo sobre el horizonte.

Tomó pequeñas inhalaciones, y cuando se sintió mejor, miró atrás hacia la cama.

¿Cuánto tiempo había estado fuera? ¿Y, cuando había Theron venido a su habitación?

Su denominado héroe había rodado sobre su espalda, una mano a su lado, la otra abierta en abanico sobre su amplio y desnudo pecho. Vestía solo pantalones de tiro bajo que mostraban sus duros abdominales y la delgada línea de vello oscuro que dirigía su atención hacia abajo. Mirando hacia arriba y lejos de la tentación, se centró en sus musculosos brazos. En la débil luz, sólo podía imaginarse las marcas a lo largo del reverso de sus manos y recordó el show que él había desempeñado en la oficina de Nick.

Rápidamente se giró hacia la ventana. Um. de acuerdo. Sí. Recordar ese completo espectáculo no le tranquilizó los nervios para nada.

—Es una caída de unos noventa metros.

El ritmo del corazón se aceleró ante el sonido aterciopelado de su voz, pero no miró atrás. Él podría ser un dios del sexo que no había podido quitarse de su cabeza desde la noche juntos en su casa, pero también era un hombre -argonauta o lo que fuera- quien la había secuestrado. Quería respuestas. Y las quería ahora.

—¿Disculpa?

La cama crujió detrás de ella.

—Por la ventana. Noventa metros de altura. Al menos. Yo ya miré. Si estás buscando una ruta de escape, no esa es.

Ella echó una breve mirada sobre su hombro.

—Si quisiera irme, no podrías detenerme.

—¿Quién te dijo esa mentira?

Ella lo observó. Las cejas de él se elevaron en desafío. Irritada más allá de lo creíble, finalmente dejo caer los brazos y se dirigió hacia él.

—¿Por qué tú, pomposo, pedazo de…

Él se rió al tiempo que deslizaba sus enormes piernas por el costado de la cama.

—Veo que tenemos ambos pies de nuevo en suelo sólido. El descanso te hizo bien.

La boca de ella se cerró de golpe.

—También puedo ver tu pequeño cerebro, repleto hasta el borde. Vamos, pregúntame lo que quieras.

Su pequeño cerebro estaba cerca de un punto de quiebre.

—¿No estás molesto en absoluto con el hecho de que me secuestraste y destruiste mi tienda? ¿Sin mencionar el aprovecharte de mí, aquella noche en mi casa cuando solamente estaba tratando de ayudarte?

Él soltó un fatigado suspiro.

—No te secuestré, te rescaté. Y si te hace sentir algo mejor, lamento que tu tienda haya sido destruida. Cuanto menos sepan los humanos en tu ciudad, de los daemos y de nuestra guerra, más a salvo estarán. Y para que conste, no fui el que se aprovechó la otra noche. Creo recordar a alguien más hacer el primer avance.

Las mejillas de ella se caldearon. Pero rápidamente, su temperamento se encabritó.

—Cualquier cosa que quiera—se mofó ella.

Una vergonzosa sonrisa ladeada se dibujó en la boca de él.

—Recuerdas eso, ¿huh?

—Por supuesto que lo recuerdo —dijo ella, bruscamente—. De hecho, está mucho más claro ahora de lo que estaba entonces. Me engañaste.

Él se inclinó hacia adelante para posar sus antebrazos sobre sus rodillas.

—Se llama élencho. Y es más una técnica para afectar la mente que un engaño. Aunque como has probado, meli, no funciona del todo bien en híbridos.

Ella ignoró ese hecho porque parecía ser verdad y porque ponía la culpa, de lo que había sucedido entre ellos, de nuevo sobre ella.

—Tú dijiste esa palabra, híbrido, como si fuera sucia.

—No tenía esa intención.

—Entonces vigila cómo la dices. Y para que conste, creo que ellos prefieren ser llamados misos.

Él alzó la mirada hacia ella sin responder. Y el rastro de arrepentimiento en los ojos de él, la suavizó.

Maldición, quería continuar enfadada con él. Pero cuando la miraba de esa manera, en todo lo que podía pensar era en la forma en que él se veía a la luz de las velas, en su cocina, la forma en que había sabido y se había sentido sobre su sofá. La forma en que sabía que podía hacerla sentir ahora, si cruzaba la habitación en este mismo minuto.

—¿Hay algo que quieres de mí, meli? —preguntó él, en voz baja.

Los ojos de ella fueron hasta los de él. Y vio su propio deseo en aquellos estanques de obsidiana.

El sexo, como una distracción de todas aquellas locas cosas que estaban sucediendo, tenía sus ventajas. Pero no con él. Había aprendido la lección, donde su héroe estaba interesado.

—Ni una sola cosa.

Él sonrió entonces, como si supiera que estaba mintiendo.

—Cuando estés lista, solo dímelo.

Ella lo miró.

—No lo creo.

Una risa burbujeó de él.

―Oh, meli. Me gustas. No fuiste ni de cerca así de briosa, esa noche en tu casa.

Ella le dirigió una mirada aburrida.

―Estaba un poco distraída. Creí que te estabas muriendo. ¿Y esa palabra que significa? la usas continuamente. meli. Mi abuela la usaba ocasionalmente.

—¿Lo hacía?

Ella asintió, al tiempo que un pensamiento surgía.

—Ella me dijo, una vez, que era el apodo de mi madre.

Él se vio ensimismado por un momento y luego dijo

—Es argoleano. Vagamente traducido, significa amada.

―Entonces, ¿Cómo podría mi madre haberla sabido?

―Quizás era un apodo dado por tu padre.

Ella alzó una ceja.

—¿Mi padre el rey? uh-hu. Correcto. Entonces, ¿Cómo funciona esto? ¿No hay suficientes mujeres argoleans en tu mundo? ¿Los hombres tienen que venir a cazar mujeres humanas?

—Acacia…

―Y antes de que me olvide, ¿Qué piensas que estás haciendo en mi cama?

―¿Te gusta tenerme en tu cama? ―preguntó él, tranquilamente.

Un estremecimiento se encendió en el pecho de Casey. Miró brevemente sobre su hombro y se arrepintió inmediatamente. El mismo deseo carnal que estaba repentinamente corriendo por sus venas ida y vuelta, estaba cincelado en cada surco y plano del atractivo rostro de él.

Oh, sí, este hombre era un dios del sexo, de acuerdo. Y también estaba jugando con ella.

―Me gustan tus ojos sobre mí, meli. Hace que la sangre golpee en mis venas. Pero más que tus ojos, me gustaría mucho más tener tus manos acariciándome de la que lo hicieron aquella noche en tu sofá.

El corazón de ella se aceleró ante el recuerdo. La excitación coloreó sus mejillas y esparció el calor entre sus muslos. Se sintió caer en el mismo trance en el que había estado con él, una vez antes. El calor del su cuerpo, la esencia de su piel, el tórrido sonido de su acento, todo unido para volverla una masa blanda justo en frente a él.

Él alzó una mano, haciendo ademán de que se acercara.

―Ven aquí, meli. Déjame hacerte recordar.

La mirada de ella cayó sobre las manos de él, y recordó la forma en que había sostenido su mano en la tienda de la misma manera, justo ayer. Luego recordó el destello de incertidumbre que había visto en sus ojos.

Un héroe que sabía lo que quería, nunca estaría nervioso. Lo que significaba solo una única cosa: no estaba siendo honesto.

El arranque sexual se aclaró de su cerebro, y elevó su barbilla en desafío.

—Buen intento. Afortunadamente, no soy lo bastante estúpida para caer en eso, dos veces en esta vida ―ella cruzó sus brazos sobre su pecho―. Ahora, creo que es tiempo de que respondas algunas de mis preguntas.

Él soltó un largo y fatigado suspiro y dejó caer el brazo.

―¿Qué más quieres saber?

Eso fue fácil. Cuidado. Ella inclinó su cabeza.

―¿Qué es, exactamente, un Argonauta? Nick dijo que eras un guardián. ¿Es eso como un general?

―¿Conoces la historia de los originales Argonautas?

―¿De la mitología griega? Claro. Eran la banda de héroes que zarparon con Jasón en el Argo en búsqueda del Vellocino de Oro. Eran cincuenta, si lo recuerdo correctamente.

―Cincuenta y cinco. Ellos son, técnicamente, los fundadores de nuestra raza. Mayormente hombres. Algunas mujeres, aunque hubo otros héroes que no zarparon con Jasón pero quienes también cayeron dentro de esa categoría. Sus proles se conocieron como Argoleans, nombrados así por el reino que los dioses nos garantizaron, cuando se hizo evidente que los héroes se estaban reproduciendo ―Casey se sentó en una silla al tiempo que él hablaba―. Los originales siete más fuertes, Heracles, Aquiles, Teseo, Odiseo, Perseo, Jasón y Belerofonte, fueron elegidos como los guardianes de la raza y por ello les fue otorgado el título Argonauta. En cada generación, uno, proveniente de las líneas de sangre de los siete originales, es elegido para continuar la tradición del guardián. Mi línea retrocede a Heracles ―una irónica sonrisa curvó su boca―. O como vosotros los Americanos preferís llamarlo, Hércules.

―El más grande de los héroes ―dijo ella, volviendo a pensar en lo que sabía sobre ellos―. ¿Es por eso que eres el líder?

―Sí.

—¿No era la embarcación de Jasón?

Él se encogió de hombros.

—Un tecnicismo sin importancia.

Una mirada que ella no pudo definir, pasó sobre los ojos de él, haciéndola sospechar que había más que no le estaba diciendo, pero otra pregunta surgió.

—¿Así que hay siete de vosotros?

—Sí. Mi rey. Hermanos de batalla. Cada uno tenemos un poder diferente, el que está generalmente ligado a nuestros ancestros. El mío es la gran fuerza. Todos los argoleans tienen poderes de algún tipo, pero los de los argonautas están magnificados.

Ella meditó sobre esa respuesta al tiempo que dijo.

—¿Y qué hacéis tú y tus hermanos?

—Protegemos a la raza —dijo él, finalmente.

—¿Cazando daemons?

—Entre otras cosas.

—Pero hacéis más que eso, ¿verdad? De lo contrario no estarías aquí ahora.

—Sí —dijo él, vacilantemente—. Lo hacemos.

Ella esperó a que se explicara, y cuando los segundos transcurrieron y él no lo hizo, se percató de que había llegado a un callejón sin salida. Flexionando sus pies debajo de ella, intentó otra táctica.

—Así que, ¿qué edad tienes?

—Doscientos y dos.

La boca de ella cayó abierta y sólo cuando se dio cuenta, cuán estúpida debía verse, la cerró.

—Oh, dios mío. ¿Hablas en serio?

Él asintió.

—¿Cuánto tiempo vivis?

Él se encogió de hombros.

—Los argonautas y aquellos de la familia real vivimos aproximadamente, setecientos años. Algunos un poco más. Nosotros somos los más fuertes de la raza.

—Vaya —Casey no podía pensar en nada más que decir. Su frente se frunció. O espera quizás podía.

—¿Cuánto tiempo viviré?

—La mayoría de los argoleans viven cerca de quinientos años. Supondría que los híbridos… misos —se corrigió antes de que ella lo hiciera por él—, viven lo mismo.

Bien, había explicito disgusto en esa respuesta. ¿Pensaba él que era superior a los humanos? Eso simplemente era intolerante. No era que le importara. Él podía pensar lo que fuera que quisiera. Ella aún necesitaba respuestas.

Volvió a centrarse en lo que él le había dicho. Y pensó en la llamada de Jill de ayer y en la fila de pruebas esperando por ella. Quinientos años. Ella solo tenía veintisiete. Si tenía el mismo cáncer que su abuela

Un nudo se formó en su garganta.

—¿Podeis morir antes de entonces?

—¿Te refieres a si somos mortales?

Ella asintió.

—Sí —dijo él—. Somos mortales. Podemos morir igual que los humanos. Pero nuestra resistencia a las enfermedades y nuestra habilidad para sanar están amplificadas.

Gracias a dios. Ella soltó una exhalación de alivio.

—Me aventuraría a adivinar que ese, sin embargo, no es el caso de los misos.

Y allí se fue su alivio. No, ella no tendría esa suerte, ¿cierto?

—Bueno —dijo ella, con un fruncimiento—, supongo que eso explica tu milagrosa curación allí en mi casa —pero no explicaba la visión que él le había proyectado a ella cuando había estado dormido.

Aumentando el fruncimiento, ella dijo.

—Si eso es verdad, entonces ¿por qué tu padre no pudo ser sanado?

—¿Qué? —por primera vez desde que él había abierto sus ojos y disparado chispas a través de la habitación que la habían iluminado a ella como a un árbol de navidad, él parecía aturdido.

—Tu padre. ¿Por qué no pudo sanar de la herida del disparo de arma? Te observé sanar, de algo igual de malo. ¿Era demasiado viejo?

Las cejas oscuras de él se unieron en confusión.

—¿Cómo sabes acerca de su muerte?

—Tú me lo mostraste —él la miraba fijamente, como si tuviera serpientes en el pelo, así que añadió—, cuando estabas dormido. Vi a los daemons que estabas cazando y el muchacho del otro lado del río. Él no tenía intención de dispararle a tu padre, ¿verdad? Había intentado dispararles a las bestias contra las que estabais luchando.

El color se drenó del rostro de Theron, y en una tranquila voz preguntó.

—Acacia. ¿Has tenido sueños como este antes?

—No los llamaría sueños. Son más como, no sé, visiones. Pero sí, supongo que los he tenido.

—¿Cuándo?

El cambio en su tono envió campanadas de alarma en la cabeza de ella. La piel en su baja espalda, cerca de su marca de nacimiento escoció.

—La primera noche que nos conocimos. Después de que te cosí y estabas durmiendo. Me acosté en el sofá y tuve una visión de ti y tu padre parados en un campo contemplando una batalla —su mirada se fijó en la de él—. Oh, dios mío. Esa era la guerra civil, ¿verdad? vi chaquetas azules y grises.

Él asintió lentamente y se elevó sobre sus pies.

—Sí. ¿Cuánto más? ¿En qué otros momentos tuviste esas visiones?

Bien, la loca mirada en sus ojos no estaba haciendo nada para calmarle los nervios. De hecho, estaba algo así como espantándola. Ella sabía que él tenía alguna clase de fuerza sobrehumana, lo había visto en acción, lo que significaba que los argonautas tenían poderes que los humanos solo envidiaban. Pero si ella lo estaba leyendo correctamente, él no le había proyectado aquellas imágenes en ella de la manera en que había creído. Y eso significaba que de alguna manera, las había conjurado ella misma.

Ese estremecimiento se intensificó.

—Ayer. Cuando llegamos aquí. ¿Esa pequeña muchacha que vino corriendo a nosotros? Cuando sostuve su mano tuve un destello de su familia y los demonios atacando su hogar. —Theron se tensó. Aprehensiva, Casey posó sus pies sobre el suelo—. Me imaginé que estaba alucinando. ¿Qué pasa con todo lo que ha ocurrido ayer, lo sabes?

Él la miró fijamente con amplios y muy enfocados ojos, pero no dijo nada.

—¿Qué? —preguntó ella, finalmente saliendo de su silla.

—Tienes el don de la retrospección.

¿Retrospección? Bueno, eso no sonaba mal.

—Es algo bueno, ¿verdad?

Él no respondió. Pero una mirada de una gran confusión pasó sobre sus facciones antes de que se girara y examinara la habitación como si la viera por primera vez.

—Necesito encontrar a nick.

Nick, ¿El híbrido que él no soportaba? oh, esto no estaba sonando para nada bien.

Él cogió su camiseta del respaldo de la silla y se la puso, luego las botas del suelo, y se sentó en la cama al tiempo que se inclinaba para atárselas con rápidos dedos.

—Theron, ¿qué está sucediendo?

Un jaleo fuera en el corredor hizo que se alzaran sus cabezas. Sus ojos se encontraron brevemente antes de que él se levantara y abriera la puerta, cuidando de escudarla de la vista.

Helene pasó corriendo. Theron la agarró por el brazo.

—¿Qué sucede?

Helene miró a través de la puerta hacia Casey.

—Marissa ha desaparecido. Nadie puede encontrarla. Están hablando de una partida de búsqueda.

—No —dijo Theron, ferozmente.

Casey apareció empujando a Theron para coger la mano de Helene.

—¿Dónde fue vista por última vez?

—En la habitación —el miedo recorrió las facciones de Helene—. Su madre la metió en la cama ayer noche, y cuando se despertó esta mañana, Marissa había desaparecido.

Casey pensó en la joven muchacha que había conocido ayer, luego en sus palabras: Minnie sabía que él te traería aquí para salvarnos.

Ella apretó la mano de Helene.

—Cogeré mi chaqueta.

Ella entró de nuevo en la habitación, deslizó los pies en los zapatos y cogió su chaqueta, sin importarle que no se había cepillado los dientes o peinado el pelo o ni siquiera que no había tomado su taza de café de la mañana. Pero cuando se giró era muy consciente del gigantesco cuerpo que le bloqueaba la salida.

—No vas a ir a ningún lado, Acacia. Esto no te incumbe.

¿Qué no la incumbía? Oh, a la mierda con ello. Ella replicó.

—Esa es mi gente. Esa muchacha es una de mi raza. Así que no te atrevas a decirme que no es asunto mío. ―Los ojos de ella se estrecharon, y el aire se tensó entre los dos, pero ella no retrocedió. Por primera vez en su vida, tenía algo por lo que luchar—. No puedes mantenerme aquí, Theron. De una manera u otra, voy a ayudar a encontrar a Marissa. Así que o mueves tu culo de mi camino, o haces algo útil y me ayudas.

CAPÍTULO 16
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