Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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Ella olió a lavanda. Y cuero. Y algo que pensó que tenía que ser tomillo.

Lo cual era extraño, porque el tomillo no era un aroma que pudiera normalmente aguantar. Hoy le olía a gloria.

Casey respiró hondo y trató de darse la vuelta. Un dolor punzante en el costado le impidió llegar demasiado lejos, y se obligó a abrir los ojos, preguntándose qué diablos estaba pasando.

La primera cosa que notó fue el fuego rugiendo en la gran chimenea de mármol, enfrente de la habitación. Una rápida mirada hacia abajo y se dio cuenta de que estaba en una cama con sábanas blancas y un edredón suave y esponjoso. Estaba limpia, tenía los dedos de los pies agradablemente calientes, su almohada era suave, pero esta no era una habitación en la que hubiera estado antes.

Trató de sentarse mientras su cerebro trataba lentamente de ponerse al día. La última cosa que recordaba era estar en ese árbol, el daemon agitándolo vigorosamente, sus dedos resbalando y…

Volvió la cabeza y vio a Theron dormido en un sillón junto a la cama.

Tenía el pelo húmedo, como si se acabara de duchar, y estaba vestido con unos descoloridos vaqueros y una apretada camiseta negra. Sus perfectos pies estaban desnudos, apoyados a un lado del colchón, con la cabeza inclinada a un lado, los ojos cerrados mientras roncaba levemente. Parecía un ángel profundamente dormido, y aunque trató de silenciarlo, el corazón de Casey pegó un ligero vuelco ante la vista de él.

Ante un examen más detenido vio los moratones y rasguños en sus brazos y cara y recordó de nuevo la forma en que él había luchado en el claro. Entonces se dio cuenta de que no era ningún ángel. Era un guerrero. Y de alguna manera, la había rescatado de nuevo.

Maldito complejo de héroe.

Ella le meneó un dedo del pie.

—Despierta, bella durmiente.

Él se despertó sobresaltado y dejó caer los pies al suelo. Con los ojos somnolientos y sexys y un poco aturdidos, la miró fijamente. Entonces se movió tan rápido, que ella no pudo seguirle. Un minuto estaba sobre el sillón, parpadeando como si no supiera quién era ella, y al siguiente estaba con ella en la gran cama, tirando de ella en sus brazos y sosteniéndola fuerte.

Bueno, no era una mala manera de despertar, a fin de cuentas. El corazón de Casey reaccionó mientras él pasaba sus manos hacia arriba y abajo por la espalda y le decía unas palabras suaves al oído que no entendía.

Oh, hombre. Siempre había sido mala para la cosa de la lengua extranjera.

—O estuve dormida más tiempo del que pensaba o simplemente estás contento de verme —bromeó.

No se rió ante su broma, pero su gran cuerpo se relajó contra ella.

—Has estado dormida durante casi ocho horas, meli. Estaba preocupado.

Ocho horas no sonaba tan mal. Considerando que se había derribado a sí misma en la mitad de una guerra, aunque…

—¿Dónde estamos? —preguntó contra él.

—En mi casa.

¿Suya? ¿En serio?

—Estás completamente a salvo aquí. Los daemons no pueden entrar en Argolea.

¿No podían? Quería preguntarle por qué, pero estaba distraída con la idea de que… estaba en Argolea.

Guau. Eso era sólo… salvaje.

—¿Cómo llegué aquí? Pensé que Nick decía que tenía que cruzar el portal por mi propia voluntad. No recuerdo haber hecho eso.

Le pasó una mano por el pelo, alisándole los rizos, alejándolos de la cara.

—Estabas un poco fuera de sí por la caída. Nick me ayudó a traerte aquí. Sí, aceptaste cruzar, pero estabas entrando y saliendo de la consciencia en ese momento. No me sorprende que no te acuerdes.

—¿Nick está aquí?

Sacudió la cabeza.

—Se fue directo de vuelta.

De vuelta. A esa batalla. A los daemons que atacaban a la gente de él. Su gente.

Ella le agarró por el antebrazo.

—Marissa…

—Está bien. Nick y los otros les volvieron a golpear. Han estado haciendo esto durante mucho tiempo, meli.

¿Había tristeza en su voz o sólo lo había imaginado?

Y entonces pensó en Dana.

Dejó caer la cabeza contra su pecho mientras una oleada de dolor rodaba a través de ella.

—¿Dónde encontró a Dana?

La mano de él trazó un amplio círculo por su espalda.

—No lo sé.

Pero lo sabía. Podía oírlo en su voz. Sentirlo en el cosquilleo en la base de su columna vertebral, cerca de su marca de nacimiento. Igualmente que sentía que él no le iba a contar los detalles. Porque tenía algo que ver con ella.

—Ni siquiera sabía que era una de ellos. Nosotros. Yo. Debería haberlo sabido. Siempre había sentido que ella era diferente. Ella… —Casey cerró fuertemente los ojos—. Les hemos llevado a la colonia.

—No. Lo que pasó no fue culpa tuya. Lo que le pasó a tu amiga no fue culpa tuya. Sólo fueron… las circunstancias. Algunas veces las cosas malas suceden sin ninguna razón.

Lo sabía. Toda su vida estaba llena de esas podridas circunstancias. Pero no hacía que la realidad fuera más fácil de aceptar. Y echaba de menos a Dana con un dolor feroz que no estaba segura de que jamás pudiera suavizar.

Cuando finalmente le soltó unos minutos más tarde y levantó la mirada, los rasguños y contusiones de su cara le volvieron a recordad lo que él había hecho. Pasó los dedos por su mejilla.

—Parece que has estado luchando con un león de la montaña.

Su triste sonrisa casi le derritió el corazón.

—Estoy bien, meli. Eres la que… —Cerró la boca, pareciendo contenerse—.Cuando te oí gritar… no debería haberte dejado sola.

El corazón de Casey golpeó contra sus costillas ante la emoción que escuchó en su voz. Cerró la mano sobre la de él. Cuando sus dedos se entrelazaron, tuvo un destello de la batalla. De su lucha contra daemon tras daemon, salvando las vidas de los Misos, oyendo su grito y corriendo hacia el árbol justo a tiempo para cogerla antes de que golpeara en el suelo. Vio su cuerpo chocar contra el de él y la manera en que rodaron, la manera en que él se llevó la peor parte del golpe y la protegió de cualquier daño. Entonces estuvo de pie de nuevo en un instante, enfrentándose con el último daemon, el que esperaba para matarla.

Mi héroe.

Las palabras giraban en torno a su cabeza mientras le miraba. Y en ese instante lo supo. Fuera realmente suya o no, no importaba. Se había enamorado de este improbable héroe que se había deslizado en su vida y vuelto su mundo del revés. Hacía dos días había estado tan enfadada con él, que apenas podía mirarlo directamente. Pero ahora…

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada. Sólo…

Ahora le amaba.

Se le tensó el pecho ante ese pensamiento. Vaca sagrada, ¿era posible? ¿Podría ella… amar a alguien? ¿Especialmente a él? Era un Argonauta. Uno de los guardianes de su raza. Aun no estaba del todo segura de por qué le había traído aquí. Y él despreciaba a los seres humanos.

—¿Estás bien, meli?

No, no estaba bien. Estaba al borde del enloquecimiento. Sacudió la cabeza para tratar de aclararse y miró a sus manos unidas. Entonces recordó la visión que había tenido de él y su padre en esos bosques.

—¿Qué dijo?

—¿Quién?

—Tu padre. Antes de morir, dijo To peprōmenon phugein adunaton, gios mou.” ¿Qué significa eso?

Algo inquietante cruzó su rostro. Pero no apartó la vista.

—Dijo “es imposible escapar de lo que está destinado, hijo mío”.

Ella volvió a mirar sus manos. Lo que está destinado.

¿Estaba el venir aquí destinado? ¿Estaba él reuniéndose con parte del destino de ella? No se tragaba toda esa basura de almas gemelas y encontrar a la única persona con la que estabas destinado a estar de por vida, pero al mismo tiempo no podía ignorar que algo la había empujado hacia Theron y había sido desde el principio. Algo que parecía… casi fuera de su control.

¿Era eso amor?

Los dedos de él le rodearon completamente la mano, envolviéndola con la suya. Le acarició suavemente la piel con el pulgar.

—Es un antiguo proverbio griego. Un recordatorio de que cada uno de nosotros nace con un propósito.

Propósito. Eso tenía sentido.

—Y ¿cuál es tu propósito, Theron?

Su pulgar dejó de moverse, y cuando bajó la mirada hacia ella, fue como si pudiera verse para siempre en sus ojos oscuros.

—Durante el tiempo que he estado vivo, ha sido hacer lo que estaba capacitado a hacer para mi pueblo. Pero ahora… no estoy tan seguro.

El corazón de ella dio un vuelco. Y otro. Y otro.

Y justo entonces lo supo.

Ella le amaba. Lo que era aterrador y electrizante al mismo tiempo porque nunca había estado enamorada antes. De alguna manera durante los últimos días, se había enamorado de este guardián grande y malo de una manera que sabía nunca podría recuperarse. Y el hecho de que él todavía estaba luchando por entenderlo todo, era de alguna manera entrañable.

Y completamente inspiradora.

Necesitaba hacer algo al respecto antes de perder los nervios.

Ignorando el dolor en su costado, por haber golpeado la dura tierra, se inclinó para besarlo. Él contuvo el aliento mientras ella cerraba la distancia entre sus bocas, la sostuvo mientras sus labios tocaban los de él, entonces de quedó laxo bajo su contacto.

Una sonrisa tiró de los labios de ella. Que fascinante era que pudiera volver a un viril guerrero en gelatina con sólo besarlo. Y que apasionante era que él reaccionara de esa manera con ella.

Nadie más lo había hecho nunca. Oh, había tenido un puñado de amantes, en la universidad, después cuando ella había estado viajando, pero nadie la había hecho arder nunca como Theron. Nadie parecía no haber tenido suficiente de ella como hacia Theron.

Inclinó la cabeza y abrió la boca para ella, atrayéndola más profundamente en un beso del que él se hizo cargo. Su mano se deslizó por el pelo de ella mientras la arrastraba acercándola más hasta que estuvo contra su pecho y casi sobre su regazo como lo había estado en esa cueva.

Oh, sí, podría acostumbrarse a esto. La forma en que él tomaba lo que quería, pero era gentil y generoso en el proceso. Casi como si el placer de ella significara mas para él que el suyo propio. ¿Por qué no habría cedido a esto antes?

—Meli —susurró él, moviendo sus grandes piernas y poniéndola de espaldas sobre la cama—. Qué me haces. Ah, dioses.

El cuerpo entero de ella temblada ante el deseo en su voz. Se arqueó y tiró de él sobre ella. Todavía era gentil, colocando su peso sobre los hombros, acomodándose en la cuna de su cuerpo hasta que su erección empujó entre sus piernas. Pero en lugar de desnudarla e introducirse profundamente, como ella esperaba que hiciera, él le apartó el pelo de la cara con ambas manos y la miró durante tanto tiempo, que ese estremecimiento cerca de su marca de nacimiento se alzó de nuevo.

Algo iba definitivamente mal aquí.

—Eres tan hermosa —susurró, corriendo suavemente el pulgar por su sien—. Tan hermosa y tan frágil. Como el más exquisito cristal en mis manos.

Bueno, eso era dulce pero… había algo más que él no estaba diciendo. Podía verlo en sus ojos. Como que él sabía algo que ella no. Buscó las respuestas en su rostro mientras sus palabras se arremolinaban en su cabeza. Hermosa. Frágil. Rompible.

Esas no eran palabras que nunca hubiera usado para describirse. A menos que estuviera enferma.

Y de repente todo tuvo sentido.

¿Y si la enfermedad completamente misteriosa que la Dra. Jill había encontrado no era un misterio después de todo? ¿Y si tenía que ver con su mitad Argolean? ¿Y si eso era lo que la estaba haciendo enfermar? Explicaba por qué su padre, tanto tiempo perdido, la buscaba. Explicaba su repentina búsqueda por Theron y la necesidad de traerla aquí antes de que se le terminara el tiempo.

Santos… infiernos. ¿Casi se le había terminado el tiempo?

Buscó su cara, esperando encontrar alguna señal de que estaba equivocada, pero no lo vio. Todo lo que vio fue… lástima. Se le formó un nudo en la garganta.

—¿Cuánto tiempo tengo?

Si su pregunta le había sorprendido, no lo mostró, y ese solo hecho cimentó sus sospechas.

—No lo sé —dijo él suavemente.

Guau. Ahora tenía un estado de ánimo machote. Estaba demasiado aturdida para sentir otra cosa que incredulidad mientras pasaba los dedos a través de su pelo oscuro. Los mechones eran como seda contra su piel. Suave, real y sólida.

—Voy a hacer lo que pueda para ayudarte, Acacia. —Su firme voz atrajo su atención de nuevo hacia él—. Nada ha cambiado. Todavía te protegeré.

Sus ojos eran duros e intensos, y vio entonces que era un hombre que siempre se salía con la suya. No sabía cómo fracasar.

—Pero no puedes, ¿verdad? —Dijo—. Porque lo que me pasa no es algo que se pueda arreglar.

Los ojos de él se deslizaron hacia su pelo, donde jugó con un mechón, sin responder. Pero ya no era sólo lastima lo que ella vio en su rostro, eran secretos. Y tristeza.

—No me lo ocultes, Theron. Si sabes lo que me pasa, quiero saberlo también.

Él suspiró, como si no quisiera responder pero sabía que estaba atrapado.

—No lo sé. No completamente.

—La mejor suposición, entonces.

Vaciló tanto que ella estuvo segura que no iba a contestar, y entonces dijo:

—Si tuviera que adivinar, diría que tu cuerpo no está lo suficiente fuerte para manejar todos los cambios por los que estás pasando en este momento.

Los cambios. Significaba que su lado Argolean salía de la nada. Lo que explicaba por qué de repente tenia visiones del pasado.

—¿Es esto normal para la gente de tu raza al entrar en sus poderes? ¿Pasar a través de un cambio de especie?

La miró de nuevo a los ojos y sacudió la cabeza, y ella no se perdió la imagen del dolor desgarrador allí.

—No. Pero podría ser diferente para un Misos. Nick podría saberlo. Podríamos preguntarle.

Nosotros. La sola palabra la electrificaba y asustaba todo al mismo tiempo. Porque quería leer mucho más en ella de lo que él quería implicar.

Lo cual era tonto, considerando que estaba cada vez más débil por el día. Nick no podía ayudarla. Si pudiera, ya lo habría hecho. Y eso significaba que esta era una batalla perdida. Y Theron lo sabía. Se le apretó el pecho con la realidad con la que de pronto se estaba enfrentando hasta que todo lo que quiso fue olvidar.

Ensartando los dedos en su pelo, ella tiró de su boca hacia la suya.

—Sólo bésame, Theron.

Él vaciló, y ella sintió su guerra interna entre lo que quería y lo que consideraba correcto. Pero cuando los dedos de ella le tocaron la mejilla, su contención se rompió. De pronto la besaba profundamente, empujando sus caderas contra las de ella, llevándola más profunda contra el colchón, llenando no sólo su boca sino su corazón y su alma también.

—Sí, sí, sí —dijo contra su boca. Esto era exactamente lo que quería. Lo que había querido desde el primer momento en que lo conoció pero tenía demasiado miedo de pedir. ¿Ahora? Ahora no había razón para contenerse. Pasó las manos por su espalda y gimió cuando él movió su peso, presionando en el lugar que ella más necesitaba que le tocara.

Su lengua se deslizó por encima y alrededor de la de ella, acariciándola hasta que sintió que todo su cuerpo cobraba vida. Él le mordisqueó el labio inferior y sintió una pizca de dolor, entonces le lamió el punto hasta que se derritió. Justo cuando estaba segura de que no podía soportar ni un segundo más atormentarse con su boca, los labios de él se abrieron camino a través de su mandíbula hasta su oído, mientras su mano encontraba el borde de su camisa y se deslizaba a lo largo de su abdomen, enviando chispas por la columna de su cuello y la longitud de su torso.

—Eres un regalo, Acacia —dijo contra su cuello, besándola, lamiéndola, prodigándose con su contacto—. Uno que nunca esperé.

Ella ya estaba en llamas y él apenas siquiera la había besado. Tiró de su boca de vuelta a la de ella.

—No, tú lo eres.

Era obvio que a él le gustaba eso, porque inclinó su boca contra la de ella otra vez y la besó profundamente, cuando su mano encontró su pecho de nuevo, ambos gimieron al unísono.

Durante este momento, al menos, no se sentía agotada y débil. Era poderosa. Le encantaba lo que él estaba haciendo en su boca con la suya, en sus pechos con sus dedos, pero quería más. Quería tanto como él pudiera darle, durante tanto como pudiera dárselo. Y quería devolvérselo todo multiplicado por diez.

—Theron —murmuró contra sus labios—. Te deseo. Ahora. Aquí. No más esperas.

Se apartó sólo lo suficiente para mirarla.

—No quiero hacerte daño.

Ella pasó un dedo a lo largo de la uve expuesta de su pecho.

—Basado en la observación personal, tengo una buena idea de lo que estoy en contra. —Alzó las caderas y vio el deseo destellar en sus ojos de medianoche—. Y estoy bastante segura de que puedo manejarte. —Deslizó los dedos por su pecho hasta la cintura de sus vaqueros—. Sé lo que quiero.

El gimió y empujó esa impresionante erección contra su punto más suave, hasta que ella se estremeció.

—Me atormentas, meli.

Sonrió mientras manoseaba el botón de sus vaqueros.

—No, guardián, lo prometo.

Una lenta sonrisa se extendió cruzando su cara justo antes de besarla. Encontró el cierre frontal de su sujetador y lo soltó, tocándola finalmente, piel con piel, justo de la manera en que ella quería, hasta que sus pezones se perlaron en rígidos puntos. El aire frio la bañó cuando él le levantó la camisa y bajó la boca a su pecho. Y cuando su lengua encontró el pezón, la electricidad corrió a través de cada célula de su cuerpo.

Arqueó la espalda. Le ofreció más. Gimió de desesperación cuando él soltó su pecho y levantó la cabeza.

—No te detengas. Theron…

—Shh.

Los ojos de ella se abrieron de golpe. Levantó la mirada y le vio escuchando algo con atención. Los pesados pasos del exterior fueron evidentes para ambos a la vez. Se bajó de ella rápidamente y alcanzó la puerta en tres zancadas.

—Quédate aquí. Vuelvo ahora mismo.

Theron salió de la habitación y cerró la puerta firmemente tras de sí. Aturdida, Casey reajustó las almohadas, se bajó la camisa y arregló las sabanas. Entonces escuchó atentamente. Oyó la profunda voz de Theron, seguida de otras dos voces masculinas que no reconoció. No podía entender nada de su conversación.

Había dicho que los daemons no podían entrar en Argolea. Y que Nick había regresado a la colonia. ¿Entonces a quién estaba hablando?

Los pasos retrocedieron hasta que todo lo que oyó fue silencio. Esperó que Theron volviera a la habitación, pero no lo hizo.

La curiosidad finalmente consiguió lo mejor de ella. Se bajó de la cama, arregló sus ropas y se dirigió hacia la puerta.

La habitación se abría a un largo pasillo. Tragaluces en el techo abovedado filtraban la luz del sol y hacían sombras en el suelo. La madera oscura corría por debajo de sus pies descalzos mientras se dirigía hacia lo que esperaba fuera la parte principal de la casa. A medida que se acercaba, volvía a oír voces, la voz de Theron mezclada con otras dos.

El aroma del tomillo era más fuerte aquí. Tomó un profundo aliento al llegar al final del pasillo y entró en una enorme sala de estar hecha toda de masculinos verdes y borgoñas. El techo estaba al menos a seis metros de altura, hecho de gruesas vigas de pino y materiales rústicos. Otra chimenea, completamente construida de piedra de rio, adornaba una pared entera. Junto a ella, un mar de ventanas miraban a una maravillosa tierra de bosques formados por acebuches, mirtos y madroños.

Contuvo el aliento ante la belleza, y se detuvo en seco. En su visión periférica vio movimiento, y giró la cabeza a tiempo para vez a los dos hombres que estaban con Theron cerca de las ventanas mirándola con la boca abierta como si ella fuera una bestia de tres cabezas.

—Santa Hera —dijo uno rubio—. Es humana.

—Acacia. —Theron cruzó inmediatamente la distancia hacia ella—. ¿Qué estás haciendo fuera de la cama? No deberías estar de pie y merodeando.

—Yo…

Miró a su alrededor a los otros dos, claramente tan sorprendidos por ella como estaba ella con ellos, y no supo que decir.

Ambos eran tan grandes como Theron, con las mismas extrañas marcas en los reversos de las manos. El rubio era un guapo David Beckham, con una cara juvenil y un malvado destello en sus ojos plateados. Su pelo corto estaba despeinado, y la fina perilla era condenadamente más sexy de lo que hubiera esperado.

El otro era oscuro y misterioso, con ojos que ella sintió veían más de lo que aparentaban. Una delgada cicatriz le pasaba sobre el labio superior, y su piel dorada brillaba con la luz que entraba por las ventanas.

Pero no eran sus buenos aspectos los que la hicieron detenerse. Era el poder que sintió de ambos. Como si irradiara de sus cuerpos y se arremolinara en el aire a su alrededor. Supo inmediatamente que esos eran guardianes familiares de Theron. Dos Argonautas. De cerca y de carne y hueso. ¿El comentario de Theron de mujeres arrojándose a sus pies? Sí. Ahora lo captaba.

El rubio se dirigió hacia ella. Inmediatamente Theron puso su cuerpo entre ella y el guardián y habló en un lenguaje que ella no podía entender. Sus palabras sonaban extrañamente a griego, pero eran diferentes al mismo tiempo.

El guardián rubio se detuvo a sólo unos metros. Clavó la mirada en ella alrededor del hombro de Theron con ojos cautelosos mientras Theron continuaba hablando en un tono duro que esperaba fuera una advertencia de no dañarla. El otro guardián se quedó clavado en su lugar de la habitación, aun conmocionado y mirando fijamente, pero aun así, Casey se tragó una pizca de temor. Si alguno de ellos quería aplastarla como a un bicho, podría en un instante.

Cuando Theron dejó de hablar, los ojos del guardián rubio se movieron desde su cara a la de Theron y viceversa. Y entonces hizo algo que nunca habría esperado. Cayó sobre una rodilla ante ella y bajó la cabeza.

Los ojos de Casey se abrieron como platos, pero antes de que pudiera preguntar qué estaba pasando, Theron envolvió una mano alrededor del brazo del guardián y tiró hasta ponerlo de pie.

—Suficiente, Zander.

Zander estaba de pie en toda su estatura pero inclinaba la cabeza una vez más en su dirección.

—Mis disculpas. No me di cuenta de quién era.

Theron inclinó la cabeza con una incómoda mirada en dirección a ella antes de volverse de nuevo hacia sus guardianes. Dijo algo de nuevo en esa lengua nativa que Casey estaba comenzando a despreciar, y entonces el guardián moreno habló finalmente.

—Leónidas quiere verte.

¿El padre de ella?

Los ojos de Theron se estrecharon.

—¿Cómo sabe él que estoy aquí?

—No lo sabe —dijo Zander—. Cerek y yo vinimos a ver si estabas de vuelta. Íbamos a cruzar y buscarte si no fuera así, pero supongo que ahora no será necesario. —Señaló con la cabeza hacia Casey—. La estás tomando, supongo.

Theron dijo rápidamente algo de nuevo en esa lengua nativa, y ambos guardianes parecieron desconcertados. Casey no tenía ni idea de lo que estaba pasando, pero intuía que algo no iba bien, grandes banderas rojas de advertencia se alzaron en su cabeza.

¿Solamente qué les estaba ocultando a ellos Theron? ¿Y a ella?

—Theron —dijo el que se llamaba Cerek en un tono conciliador—. No es prudente…

—Basta —gritó Theron. Casey saltó ante el sonido de su dura voz—. No está abierto a debate. —Miró al guardia rubio—. Zander irá conmigo. Cerek, te quedarás aquí.

La mirada de Casey se disparó hacia el guardián moreno, que parecía tan entusiasmado por esa orden como ella.

Casey tocó el brazo de Theron.

—Theron. Yo…

Se volvió en su dirección, y vio entonces al hombre que había sido cuando entró en su tienda ese día. Duro. Insensible. Lleno de un propósito que no tenía nada que ver con ella. No se había dado cuenta de lo mucho que se había suavizado hacia ella hasta ese momento.

Como si él supiera lo que ella estaba viendo, la tomó gentilmente de la mano y la giró hacia el vestíbulo.

—Vamos, meli. Necesitas descansar.

Se dejó empujar, en parte porque no tenía fuerzas para discutir y en parte porque estaba tratando de darle sentido al extraño encuentro. Pero tras ella oyó a Cerek decir:

—Skata. ¿Has oído lo que él acaba de llamarla?

Eso encendió un hormigueo por su espalda de nuevo mientras Theron la conducía a la habitación y la metía en la enorme cama.

—No será mucho tiempo —dijo él. Sus ojos eran una vez más suaves y amables, pero había un filo en ellos que no había estado allí antes.

—Podría ir contigo si quieres…

—No —espetó él.

Ella retrocedió, y él se sentó rápidamente en el borde de la cama y la tomó de la mano. Volviéndole la palma hacia arriba, frotó el pulgar sobre su piel.

—No —dijo más suavemente—. Es un asunto Argonauta. Estarás mejor aquí. Y además, quiero que descanses un poco.

—Dijiste que los daemons no podían cruzar a Argolea.

—No pueden. El portal está vigilado con seguridad.

—¿Entonces por qué le dijiste a Cerek que se quedara?

El pulgar frotó un suave sendero sobre el interior de su muñeca.

—Porque me siento mejor sabiendo que está aquí, es todo. No tienes nada de qué preocuparte, meli.

Sí. Como si ella fuera a comprar eso. Estaba a punto de preguntarle que estaba pasando realmente cuando bajó la mirada hacia donde él la tocaba.

—No estás haciendo esa cosa del control mental conmigo otra vez, ¿verdad?

Él se rió.

—Lo estaba intentando. ¿Está funcionando?

—No.

Sonrió mientras levantaba la mirada. Esa misma sonrisa sexy que casi la había derretido antes. En su casa. En esa cueva. Aquí, ahora mismo.

—Nunca fui muy bueno en ello.

La sonrisa de él se desvaneció mientras le soltaba la mano y se ponía de pie.

—Volveré pronto. Si necesitas algo, pregúntale a Cerek. No te hará daño.

Encontró su último comentario extrañamente desconcertante, pero antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, él se inclinó hacia abajo. Alzó la cara para su beso, sólo para que la decepcionara cuando presionó los labios en su frente. Luego se marchó.

Con el ceño fruncido, Casey se acomodó en las almohadas. Podía oler a Theron allí, tan fuerte como si estuviera acostado a su lado. El aroma a tomillo no era tan prominente en el dormitorio, pero todavía estaba sin duda en algún lugar de la casa.

Cerró los ojos y trató de averiguar lo que estaba pasando. ¿Por qué no estaba siendo honesto con ella?

Su mente daba vueltas con las posibilidades, pero antes de poder pasar más tiempo pensando, la reclamó el sueño.

CAPÍTULO 23

—¡
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